domingo, 2 de octubre de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Genialidad o Demencia
Genialidad o demencia
En un comité de expertos
la literatura se moría
pues estaban tratando de juzgar
si demencia o cordura había
en la filosofía de un escritor
que el Nóbel recibiría,
un tal Dr. San Miguel,
el que más la gente leía.
Eran tres los detractores
y un solo propulsor de su filosofía.
Tres ancianos lo condenaban
y un joven lo defendía.
Barnez, García y Morel
hacían de fiscalía
y su único defensor
era el Dr. Nicanor Mejías.
Los detractores comenzaron
tirando por el suelo su poesía
adjudicando a la locura
ser autora de su herejía.
No le concedían crédito
a nada de su autoría.
Hasta de plagio lo acusaron,
el mayor pecado que escritor alguno cometería.
Inquieto en su butaca
el joven Nicanor se veía
loco por comenzar su ponencia
a favor de un hombre y su filosofía.
No sabía si estaba listo
pero un gran deseo tenía;
devolverle el regalo a San Miguel de Almeida
el que le dio a la humanidad en su poesía.
Y comenzó así su discurso,
un discurso que el mundo nunca olvidaría.
El Sr. Joaquín San Miguel de Almeida
era un doctor en letras y filosofía.
Su oratoria era aclamada,
su pensamiento; ley que regía.
Mas quiénes somos nosotros
sino blasfemos de su poesía.
No somos dignos de tan siquiera leer
el inspirado insumo que de su alma y pluma salía.
Me presento en este debate
no en defensa de San Miguel de Almeida
ya que su impecable escritura
no necesita abogado que la defienda.
Por sí sola y en cada verso
es la razón y la elocuencia
la filosofía de un mundo mejor
y no la hipocresía como evidencia.
Permíteme diferir de tu argumento,
mi gran amigo, Nicanor,
pero tal parece que comparas a Almeida
con el Cristo redentor.
Quiero recordarte que ni en su tierra
le han aceptado algo de lo que escribió.
Sobre todo luego que de un quinto piso
sin encomendarse a nadie se arrojó.
No fue que no lo aceptaran
sino que nadie lo entendió.
Pero por qué considerar loco
al que piensa a un nivel superior.
Permíteme continuar,
mi gran amigo, Nicanor.
Su locura era evidente
mas no así su habilidad como escritor.
Tenía ínfulas de poeta
y creía haber creado una filosofía de amor.
Pero vivió en su locura
y su locura lo acabó.
(Nicanor comienza a leer un pensamiento del Dr. San Miguel)
“Porque la huella no fue creada por la pisada, sino que la pisada
fue creada por la huella”.
Si un loco puede escribir
un pensamiento de tal magnitud
entonces que Dios me perdone
la locura es una virtud.
(Nicanor lee otro de sus pensamientos filosóficos)
“Hablo del todo y de mí porque soy parte del todo y el todo no es nada sin mí.
Pero cómo hablar del todo si no me conozco a mí”.
(uno de los detractores con burla aseveró)
Evidencia de su locura,
mi gran amigo, Nicanor,
fue lo que expuso Almeida
cuando ese pensamiento escribió.
Nicanor enfurecido
ni corto ni perezoso replicó:
¿Así que por la falta de capacidad de ustedes
un pensamiento se condenó?
¿Dónde está su intelectualidad?
¿Dónde está su honor?
No tienen la dignidad
pues no saben de su don.
Y no pueden valorar
lo que de sus mentes y corazones desapareció.
No eres más que un atrevido
mi gran amigo, Nicanor.
Pero te vamos a perdonar
claro está, si nos pides perdón.
Creo que estás envalentonado
con ese grado de doctor,
pero este comité se merece
tu respeto y consideración.
( a punto de reventar, Nicanor le contestó )
Esto no se trata de grado
ni mucho menos de valor,
pues este comité ha condenado
a quien sin miedo se expresó.
La valentía es en su esencia
característica de la razón.
Por eso le exijo a este comité se dirija a mi persona
no como su gran amigo sino como doctor.
No le permitiremos más insolencias;
queda expulsado de esta reunión”.
Así de los detractores de San Miguel de Almeida
el de mayor edad, con fuerza gritó.
Recuerde sr. Barnez
que usted no tiene la facultad
de expulsarme de este recinto
pues represento la voluntad
de un mundo que pide a gritos
se premie la verdad
obviando así el discrimen
dando paso a la libertad.
Ardía Troya en los adentros
del imponente recinto mexicano.
Muchos habían perdido el caché.
Parecía una jauría de perros satos.
Afuera una pequeña multitud
comenzaba a hacer sus reclamos
con grandes carteles que leían
“denle el premio a quien se lo ha ganado
pues loco o cuerdo señores
es el escritor más aclamado”.
Y así entre la multitud
salió un joven declamando
los versos de un poema que San Miguel de Almeida
cuando joven había publicado.
“En el guiño de una estrella
y más allá del pensamiento,
pero unida a mi sentimiento
vive mi amada doncella.
Y aunque usted no lo crea no miento
Es la más linda y bella
de todas las mujeres de mi tiempo
y de esta bendita tierra”.
“Que viva de San Miguel de Almeida
eternamente su prosa y su filosofía
porque Dios puede dejarnos sin mares
pero no sin su hermosa poesía”.
Eran así los cantos
de una multitud enardecida.
No cejaría en su empeño.
No se daría por vencida.
Finalmente el comité
parecía rendirse ante la opinión
de que Joaquín San Miguel de Almeida
merecía la nominación.
Era lo que muchos querían evitar
pues era segura su premiación
como el ganador del “premio Nobel”
por ser el más insigne escritor.
El comité declaró que bajo protesta
la nominación había aceptado
pues aseguraba que los fanáticos
pronto querrían canonizarlo.
Ya se llamaba San Miguel
y con tantos fanáticos desalmados
no dudaban que se inventaran
entre sus hazañas; un milagro.
El premio Nobel de literatura
Joaquín San Miguel de Almeida había ganado
pero el debate sobre su locura
aún no había terminado.
Sus detractores lo llamaban “El Loco”.
Sus defensores, “El Escritor Amado”.
Incomprensiblemente unos lo querían en la horca
y otros querían canonizarlo.
La raza humana no tiene forma
de algún día poderse entender.
Para unos es la muerte vivir en la locura
y para otros hay que estar loco para querer nacer.
FIN
SERGIO RIVERA TORRES
En un comité de expertos
la literatura se moría
pues estaban tratando de juzgar
si demencia o cordura había
en la filosofía de un escritor
que el Nóbel recibiría,
un tal Dr. San Miguel,
el que más la gente leía.
Eran tres los detractores
y un solo propulsor de su filosofía.
Tres ancianos lo condenaban
y un joven lo defendía.
Barnez, García y Morel
hacían de fiscalía
y su único defensor
era el Dr. Nicanor Mejías.
Los detractores comenzaron
tirando por el suelo su poesía
adjudicando a la locura
ser autora de su herejía.
No le concedían crédito
a nada de su autoría.
Hasta de plagio lo acusaron,
el mayor pecado que escritor alguno cometería.
Inquieto en su butaca
el joven Nicanor se veía
loco por comenzar su ponencia
a favor de un hombre y su filosofía.
No sabía si estaba listo
pero un gran deseo tenía;
devolverle el regalo a San Miguel de Almeida
el que le dio a la humanidad en su poesía.
Y comenzó así su discurso,
un discurso que el mundo nunca olvidaría.
El Sr. Joaquín San Miguel de Almeida
era un doctor en letras y filosofía.
Su oratoria era aclamada,
su pensamiento; ley que regía.
Mas quiénes somos nosotros
sino blasfemos de su poesía.
No somos dignos de tan siquiera leer
el inspirado insumo que de su alma y pluma salía.
Me presento en este debate
no en defensa de San Miguel de Almeida
ya que su impecable escritura
no necesita abogado que la defienda.
Por sí sola y en cada verso
es la razón y la elocuencia
la filosofía de un mundo mejor
y no la hipocresía como evidencia.
Permíteme diferir de tu argumento,
mi gran amigo, Nicanor,
pero tal parece que comparas a Almeida
con el Cristo redentor.
Quiero recordarte que ni en su tierra
le han aceptado algo de lo que escribió.
Sobre todo luego que de un quinto piso
sin encomendarse a nadie se arrojó.
No fue que no lo aceptaran
sino que nadie lo entendió.
Pero por qué considerar loco
al que piensa a un nivel superior.
Permíteme continuar,
mi gran amigo, Nicanor.
Su locura era evidente
mas no así su habilidad como escritor.
Tenía ínfulas de poeta
y creía haber creado una filosofía de amor.
Pero vivió en su locura
y su locura lo acabó.
(Nicanor comienza a leer un pensamiento del Dr. San Miguel)
“Porque la huella no fue creada por la pisada, sino que la pisada
fue creada por la huella”.
Si un loco puede escribir
un pensamiento de tal magnitud
entonces que Dios me perdone
la locura es una virtud.
(Nicanor lee otro de sus pensamientos filosóficos)
“Hablo del todo y de mí porque soy parte del todo y el todo no es nada sin mí.
Pero cómo hablar del todo si no me conozco a mí”.
(uno de los detractores con burla aseveró)
Evidencia de su locura,
mi gran amigo, Nicanor,
fue lo que expuso Almeida
cuando ese pensamiento escribió.
Nicanor enfurecido
ni corto ni perezoso replicó:
¿Así que por la falta de capacidad de ustedes
un pensamiento se condenó?
¿Dónde está su intelectualidad?
¿Dónde está su honor?
No tienen la dignidad
pues no saben de su don.
Y no pueden valorar
lo que de sus mentes y corazones desapareció.
No eres más que un atrevido
mi gran amigo, Nicanor.
Pero te vamos a perdonar
claro está, si nos pides perdón.
Creo que estás envalentonado
con ese grado de doctor,
pero este comité se merece
tu respeto y consideración.
( a punto de reventar, Nicanor le contestó )
Esto no se trata de grado
ni mucho menos de valor,
pues este comité ha condenado
a quien sin miedo se expresó.
La valentía es en su esencia
característica de la razón.
Por eso le exijo a este comité se dirija a mi persona
no como su gran amigo sino como doctor.
No le permitiremos más insolencias;
queda expulsado de esta reunión”.
Así de los detractores de San Miguel de Almeida
el de mayor edad, con fuerza gritó.
Recuerde sr. Barnez
que usted no tiene la facultad
de expulsarme de este recinto
pues represento la voluntad
de un mundo que pide a gritos
se premie la verdad
obviando así el discrimen
dando paso a la libertad.
Ardía Troya en los adentros
del imponente recinto mexicano.
Muchos habían perdido el caché.
Parecía una jauría de perros satos.
Afuera una pequeña multitud
comenzaba a hacer sus reclamos
con grandes carteles que leían
“denle el premio a quien se lo ha ganado
pues loco o cuerdo señores
es el escritor más aclamado”.
Y así entre la multitud
salió un joven declamando
los versos de un poema que San Miguel de Almeida
cuando joven había publicado.
“En el guiño de una estrella
y más allá del pensamiento,
pero unida a mi sentimiento
vive mi amada doncella.
Y aunque usted no lo crea no miento
Es la más linda y bella
de todas las mujeres de mi tiempo
y de esta bendita tierra”.
“Que viva de San Miguel de Almeida
eternamente su prosa y su filosofía
porque Dios puede dejarnos sin mares
pero no sin su hermosa poesía”.
Eran así los cantos
de una multitud enardecida.
No cejaría en su empeño.
No se daría por vencida.
Finalmente el comité
parecía rendirse ante la opinión
de que Joaquín San Miguel de Almeida
merecía la nominación.
Era lo que muchos querían evitar
pues era segura su premiación
como el ganador del “premio Nobel”
por ser el más insigne escritor.
El comité declaró que bajo protesta
la nominación había aceptado
pues aseguraba que los fanáticos
pronto querrían canonizarlo.
Ya se llamaba San Miguel
y con tantos fanáticos desalmados
no dudaban que se inventaran
entre sus hazañas; un milagro.
El premio Nobel de literatura
Joaquín San Miguel de Almeida había ganado
pero el debate sobre su locura
aún no había terminado.
Sus detractores lo llamaban “El Loco”.
Sus defensores, “El Escritor Amado”.
Incomprensiblemente unos lo querían en la horca
y otros querían canonizarlo.
La raza humana no tiene forma
de algún día poderse entender.
Para unos es la muerte vivir en la locura
y para otros hay que estar loco para querer nacer.
FIN
SERGIO RIVERA TORRES
lunes, 11 de julio de 2011
La pura hembra
De cara a la luna, Consuelo cavilaba sobre el porqué de su situación tan desesperante e insoportable. No comprendía cómo lo había permitido. Y no tenía excusa, se había permitido ser una más de aquellas que antes tanto había criticado. Una víctima más de sus propios miedos. El amor…el amor ahora quedaba en un segundo plano. La razón y sólo la razón debía ser su prioridad. Era el tiempo de aplicar aquello que con tanta vehemencia había aconsejado en sus charlas y seminarios sobre “El valor de la mujer en la sociedad”. “La palabra sin la acción pierde su sentido”: había dicho la Dra. Consuelo Virgen del Carmen de Bermúdez (p.h.d) en una de sus charlas.
Pasaban tantas cosas por su mente: escapar, luchar o llorar y aguantar como “pura hembra”. Como toda una “pura hembra” al que el “macho” somete a su voluntad y antojo. Antes había pensado, que esta última opción era la más fácil, pues como toda una “pura hembra”, había sido adoctrinada, no por su padre sino por su propia madre. Servirle a su macho. Era su mandato, servirle al macho que Dios y las once mil vírgenes habían enviado para ella. Tantos estudios no habían servido para nada, pues sin percatarse del problema, había caído en la misma situación insostenible en que se encontraban tantas otras mujeres, muchas de ellas, sus propias clientes.
“A ti mujer, no permitas más el abuso. Alza tu voz y protege tu dignidad y salud física”, decía un letrero en la puerta del consultorio de la Dra. Consuelo Virgen del Carmen de Bermúdez. ¿Entonces, por qué Julio Bermúdez, un simple electromecánico había convertido en guiñapo a tan exuberante portento de mujer? ¿Cómo y con qué autoridad se había apoderado de la voluntad de toda una gran señora y no una gran señora gracias a él, sino por mérito propio?
Consuelo fue al baño y se lavó un poco la cara, pasando alcohol en las heridas sufridas. No era la primera vez, aunque ya no se acordaba de cuándo había sido, pero de seguro sería la última y eso lo juraba como la “pura hembra” que era. Entró al cuarto y se armó con un palo de golf que le había regalado en las navidades pasadas para que compartiera con sus cuñados y les hiciera creer que él era un tipo de clase. Tendido en el sofá, dormía a pata suelta el don con una botella de cerveza en la mano. Al despertar lo primero que hizo fue buscar a su esposa y le dijo:
_“¿Dónde estás ricura mía? Vamos a seguir haciendo chaka-chaka que sé cuánto te gusta. Yo sé que con la de horita no te vas a conformar. Mira que te conozco y a ti te gusta que te de bien duro, sobre todo por las nolas y horita no te las toqué, bueno que yo me acuerde”.
Y dando tumbos entró al cuarto donde lo esperaban. Aquel palo de golf que nunca había podido pegarle a alguna bolita en el campo, ahora se estrenaba con la cabeza de su dueño. Una y otra vez chocó con aquella cabeza que después del tercer golpe ya no daba cuenta de nada. Cuando el palo de golf paró, ya no quedaba nada a qué golpear. Y como toda una “pura hembra” Consuelo se lavó la sangre, prendió un cigarrillo y se sirvió un trago, diciendo para sí, “La palabra sin la acción pierde su sentido”.
sábado, 7 de mayo de 2011
Vuelvo al sur
Vuelvo al Sur..,
a ese Sur testigo de mis defectos y virtudes…
a esa Tierra Santa que me vio nacer,
a esa Tierra Maldita que por abundancia de carencias
tronchó mis mayores sueños.
Orgullo de muchos y Vergüenza de otros…de otros.
Tierra marginada
por sus sueños de grandeza
despiadadamente mancillada
por el Norte y su vileza.
Ese Sur existe aunque el Norte lo niegue
porque vive su arte
aunque le cueste su muerte.
Vuelvo al Sur…a ese Sur
Ese Sur en donde el calor humano te hace sentir vivo.
En donde el ritmo y la pasión fluyen por cada uno de sus senderos,
por cada uno de sus hijos…
Es a ese Sur al que el propio Norte le debe su existencia.
Tierra bendecida por grandes poetas
que no cesan de cantarle.
Tierra maldecida por tanta miseria
que nos llama a admirarle.
Vuelvo al Sur…
a ese Sur que utiliza como su única arma; un derroche de arte,
en cada palabra…
en cada pincelada…
en cada personaje.
No importa su pobreza o si la vida allí es un sueño por contar,
siempre habrá un cordón umbilical que nos ate.
Por eso vuelvo al Sur…, a ese Sur…
ese Sur que renace en cada obra de arte.
por Sergio Rivera Torres
miércoles, 4 de mayo de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
Me llamo Rosaura
Me llamo Rosaura
Se escuchaban pasos tras la puerta de su habitación. Rosaura buscó en una gaveta, algún objeto que le sirviera de defensa. Apenas encontró un cortaúñas, unas diminutas pinzas y una aterradora lima. Finalmente en la oscuridad, agarró un zapato que tenía cinco pulgadas de taco y se sintió más segura. Mientras los pasos iban y venían, el temor inundaba y destruía los nervios de Rosaura. Se escuchaba tras la puerta a alguien rebuscando en gavetas y armarios. Al parecer, ese alguien, al no encontrar lo que buscaba, lo tiró todo al suelo provocando un gran ruido. Con los nervios hecho pedazos, Rosaura agarró con más fuerza su arma letal y esperó lo peor. Se acercó a la puerta, estaba decidida a enfrentar aquello que tanto terror le ocasionaba. De momento, el silencio hizo acto de presencia y el suspenso incrementó. Rosaura no podía esperar más y decidió abrir la puerta. Entonces todo cambió, la luz había vuelto y fuera de la habitación, no había rasgos de que alguien la hubiera revuelto buscando algo. Tampoco había nada tirado en el suelo, todo estaba como siempre. Rosaura se miró extraña y decidió entrar a su habitación. Cuando entró, vio que en la misma había un reguero de cosas en el piso. ¡Qué había pasado aquella noche!
_ En ese instante se escuchó una voz de mujer diciendo:
“Armando, Armando, ¿cuántas veces te he dicho que tienes prohibido jugar con mis cosas? Si sigues así, te voy a dejar castigado por un mes. Maldito hijo de tu mala madre, coño”
“Que soy Rosaura, abuela, Rosaura”
…y la habitación volvió a oscurecerse y los pasos volvieron a escucharse…
Se escuchaban pasos tras la puerta de su habitación. Rosaura buscó en una gaveta, algún objeto que le sirviera de defensa. Apenas encontró un cortaúñas, unas diminutas pinzas y una aterradora lima. Finalmente en la oscuridad, agarró un zapato que tenía cinco pulgadas de taco y se sintió más segura. Mientras los pasos iban y venían, el temor inundaba y destruía los nervios de Rosaura. Se escuchaba tras la puerta a alguien rebuscando en gavetas y armarios. Al parecer, ese alguien, al no encontrar lo que buscaba, lo tiró todo al suelo provocando un gran ruido. Con los nervios hecho pedazos, Rosaura agarró con más fuerza su arma letal y esperó lo peor. Se acercó a la puerta, estaba decidida a enfrentar aquello que tanto terror le ocasionaba. De momento, el silencio hizo acto de presencia y el suspenso incrementó. Rosaura no podía esperar más y decidió abrir la puerta. Entonces todo cambió, la luz había vuelto y fuera de la habitación, no había rasgos de que alguien la hubiera revuelto buscando algo. Tampoco había nada tirado en el suelo, todo estaba como siempre. Rosaura se miró extraña y decidió entrar a su habitación. Cuando entró, vio que en la misma había un reguero de cosas en el piso. ¡Qué había pasado aquella noche!
_ En ese instante se escuchó una voz de mujer diciendo:
“Armando, Armando, ¿cuántas veces te he dicho que tienes prohibido jugar con mis cosas? Si sigues así, te voy a dejar castigado por un mes. Maldito hijo de tu mala madre, coño”
“Que soy Rosaura, abuela, Rosaura”
…y la habitación volvió a oscurecerse y los pasos volvieron a escucharse…
Definicion de autor por Sergio Rivera Torres
El autor
“El autor no es otra cosa que el instrumento principal en la narración de una historia que clama a gritos ser contada. Aún así es su responsabilidad hacerla ver totalmente verosímil al lector y ayudar a éste en la interpretación de la misma; es por eso que se le puede reprochar la poca o demasiada ficcionalización en lo escrito. En ocasiones el autor narra sin saber la conclusión, pues “la historia” se la guarda para sí y de paso no menguar el entusiasmo de su pobre interlocutor. Cabe señalar que los personajes cobran vida propia y de manera muy singular y con la ayuda del prejuicio del lector, se apoderan de la trama y el desenlace de la obra”.
por Sergio Rivera Torres
“El autor no es otra cosa que el instrumento principal en la narración de una historia que clama a gritos ser contada. Aún así es su responsabilidad hacerla ver totalmente verosímil al lector y ayudar a éste en la interpretación de la misma; es por eso que se le puede reprochar la poca o demasiada ficcionalización en lo escrito. En ocasiones el autor narra sin saber la conclusión, pues “la historia” se la guarda para sí y de paso no menguar el entusiasmo de su pobre interlocutor. Cabe señalar que los personajes cobran vida propia y de manera muy singular y con la ayuda del prejuicio del lector, se apoderan de la trama y el desenlace de la obra”.
por Sergio Rivera Torres
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