La pura hembra
De cara a la luna, Consuelo cavilaba sobre el porqué de su situación tan desesperante e insoportable. No comprendía cómo lo había permitido. Y no tenía excusa, se había permitido ser una más de aquellas que antes tanto había criticado. Una víctima más de sus propios miedos. El amor…el amor ahora quedaba en un segundo plano. La razón y sólo la razón debía ser su prioridad. Era el tiempo de aplicar aquello que con tanta vehemencia había aconsejado en sus charlas y seminarios sobre “El valor de la mujer en la sociedad”. “La palabra sin la acción pierde su sentido”: había dicho la Dra. Consuelo Virgen del Carmen de Bermúdez (p.h.d) en una de sus charlas.
Pasaban tantas cosas por su mente: escapar, luchar o llorar y aguantar como “pura hembra”. Como toda una “pura hembra” al que el “macho” somete a su voluntad y antojo. Antes había pensado, que esta última opción era la más fácil, pues como toda una “pura hembra”, había sido adoctrinada, no por su padre sino por su propia madre. Servirle a su macho. Era su mandato, servirle al macho que Dios y las once mil vírgenes habían enviado para ella. Tantos estudios no habían servido para nada, pues sin percatarse del problema, había caído en la misma situación insostenible en que se encontraban tantas otras mujeres, muchas de ellas, sus propias clientes.
“A ti mujer, no permitas más el abuso. Alza tu voz y protege tu dignidad y salud física”, decía un letrero en la puerta del consultorio de la Dra. Consuelo Virgen del Carmen de Bermúdez. ¿Entonces, por qué Julio Bermúdez, un simple electromecánico había convertido en guiñapo a tan exuberante portento de mujer? ¿Cómo y con qué autoridad se había apoderado de la voluntad de toda una gran señora y no una gran señora gracias a él, sino por mérito propio?
Consuelo fue al baño y se lavó un poco la cara, pasando alcohol en las heridas sufridas. No era la primera vez, aunque ya no se acordaba de cuándo había sido, pero de seguro sería la última y eso lo juraba como la “pura hembra” que era. Entró al cuarto y se armó con un palo de golf que le había regalado en las navidades pasadas para que compartiera con sus cuñados y les hiciera creer que él era un tipo de clase. Tendido en el sofá, dormía a pata suelta el don con una botella de cerveza en la mano. Al despertar lo primero que hizo fue buscar a su esposa y le dijo:
_“¿Dónde estás ricura mía? Vamos a seguir haciendo chaka-chaka que sé cuánto te gusta. Yo sé que con la de horita no te vas a conformar. Mira que te conozco y a ti te gusta que te de bien duro, sobre todo por las nolas y horita no te las toqué, bueno que yo me acuerde”.
Y dando tumbos entró al cuarto donde lo esperaban. Aquel palo de golf que nunca había podido pegarle a alguna bolita en el campo, ahora se estrenaba con la cabeza de su dueño. Una y otra vez chocó con aquella cabeza que después del tercer golpe ya no daba cuenta de nada. Cuando el palo de golf paró, ya no quedaba nada a qué golpear. Y como toda una “pura hembra” Consuelo se lavó la sangre, prendió un cigarrillo y se sirvió un trago, diciendo para sí, “La palabra sin la acción pierde su sentido”.
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